Amor Eterno

Amor Eterno

Poema Amor Eterno de Diana Salazar
Caminando entre el bosque denso y oscuro, como mi pasado más inmediato, solitario como mi presente y desconocido como mi futuro, me di cuenta que la tristeza ondeaba su oscura bandera sobre la cúspide de mi corazón, que late cada vez con menos fuerza. Claros y oscuros se dejan ver entre las ramas de los frondosos arboles que llenaban el lugar; claros y oscuros como los momentos que a su lado viví, dulzura y dolor unidos en una desesperada balada. Una balada de amor que por mí fue tocada tantas veces en la romántica habitación donde nuestros cuerpos solían fundirse una y otra vez al ritmo cadencioso del deseo mutuo y la pasión. Dolor, el que sentía cada vez que ella partía y me dejaba en la súbita soledad de nuestro templo dedicado al amor.
Las rocas me recuerdan las curvas de su cuerpo, solo por mi descubierto, era como una armoniosa melodía que deseaba ser tocada con el arte y la majestuosidad que solo ella merecía. Miro la luna y recuerdo la blancura de su piel, tan tersa que ni la seda podía igualarla. Cierro los ojos y noto en mi boca la humedad de su cuerpo cuando la poseía con locura desenfrenada. Sus fluidos desprendían un aroma desconocido para aquella naturaleza que me rodeaba. En medio del silencio puedo oír sus gemidos cuando el acto culminaba, su voz era la muestra del derroche de placer que le propinaba, ¡Su cuerpo podía casi llegar al cielo en aquellos momentos! ¿Pero que estoy diciendo? Ella era un ángel, ¡un ángel caído del cielo para darme la felicidad! En cualquier caso, su alma parecía alcanzar la plenitud y la paz.
La amé tanto y tantas veces que seria imposible intentar contabilizarlo, pero la muestra de aquel amor produjo un día una semilla y la alegría de un nuevo ser, fruto del amor que ella merecía. Llenó nuestro templo de felicidad, tras él vinieron 6 más, 7 personitas a las cuales enseñar como caminar con la cabeza erguida y la cara tranquila. Después, verlos crecer nos mantuvo unidos, y la pasión se mantenía tan viva como si fuese el primer día. Uno a uno fueron partiendo de nuestro templo, ellos ahora, iban en busca de una nueva familia.
Los años se apoderaron de nuestros cuerpos, pero nuestra alma seguía joven y fresca. Recuerdo aun la primera vez que oí su preciosa voz, justo en aquel momento me di cuenta que la quería, la quería a mi lado para toda la vida. Nos íbamos haciendo viejos y el cuerpo no respondía de la misma manera que algunos años atrás, pero nuestro amor era tan inmenso que aun al sentir solo una de sus caricias, mi corazón latía con tal fuerza que parecía que quisiera abandonar mi pecho. Con el tiempo, su mirada parecía perdida, como si buscara su juventud, y los recuerdos aparecían turbios y desordenados en su mente. Pero yo con mucha delicadeza cogía su mano y ella volvía a mí.
Hasta que llego aquel fatídico momento en que su alma decidió abandonar el mundo en el que había vivido toda una vida juntos, la sombra de la muerte la visito aquel día y la llevo a dar un paseo lejos de nuestro amado templo. ¡Condenada muerte! Se la llevo pensando que nos separaría pero no lo logrará, porque ahora que su cuerpo yace en la oscuridad de una tumba, he escogido este día, esta hora y este lugar para abandonar este cuerpo, porque mi alma se marchó con aquella mujer que un día me hizo sentir la pureza del amor y la alegría de formar una familia. Aquí la amé por primera vez, aquí me entrego su virginal cuerpo, ahora yo, en el mismo lugar entrego este, el que guardo mi alma por que aquel mismo día en que la amé, dejo de pertenecerme.

(Diana Salazar)